Ya perdí la cuenta de la
cantidad de veces que hice borrón y cuenta nueva en este miserable pasquín
virtual. El ciclo parece ser el siguiente: escribir sandeces o mierdas
deprimentes —casi siempre lo
último—; olvidar la existencia de este lugar y su carácter de público; por
alguna casualidad de la vida, recordarlo; por supuesto, sentir vergüenza de uno
mismo; finalmente resetear y repetir el proceso.
La constancia no es lo mío.